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Lunes, 20 de marzo de 2017
OPINIÓN

Me equivoqué con el Palau

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Tomeu Garcies |

[Img #16297]

Lo confieso. Yo era de esos que miraba con pavor esa mole que emerge ante el mar, en pleno Paseo Marítimo de Palma. Pensaba entonces que esta infrastructura faraónica llamada Palau de Congressos era algo así como una herejía contra la imagen turística de la ciudad.

 

También pensaba que, dificilmente se iba a rentabilizar económica y socialmente una inversión tan monstruosa. Supongo que estábamos acostumbrados a tanta obra pública junta, a tanto dispendio, a tanto sinsentido, que colectivamente habíamos perdido la capacidad de discernir aquello que era viable y necesario de aquello que era prescindible.

 

Debo reconocer mi error. Después de mi segunda visita al Palacio mi óptica ha cambiado radicalmente. Ahora ya entiendo ese enorme ventanal que mira hacia el mar, esa punta que se adendra elevada en el Paseo Marítimo como quilla que quiere llegar a puerto. Entiendo la necesidad de tanto espacio, de marcar la imagen de la zona.

 

Señores. Diganme si existe algun otro palacio de congresos similar en Europa que tenga unas vistas hacia el mar tan impresionantes como el de Palma. Solo por el hecho de contemplar esta vista merece perderse dentro de esta gran mole. Es espectacular. También resultan espectaculares los dos auditorios interiores que, una vez superadas las polémicas por unas butacas;  simplemente quedan fabulosos. La terraza superior del hotel es, sin duda alguna, la mejor de todo Palma. Se lo prometo. Y es que el Palacio me ha conquistado.

 

Personalmente aún no me creo que el próximo 1 de abril veamos las puertas abiertas de esta instalación. Menos aún se lo deben creer los restauradores cercanos que lo esperan como agua de mayo. La verdad es que el suplicio del Palau de Congressos se había convertido en una auténtica historia de culebrón sudamericano que, eso sí, tendrá final feliz.

 

La ambición y ganas con las que Meliá ha entrado en este proyecto son la mejor garantía para que a partir de ahora hablemos del Palau de Congressos con un orgullo impensable hace un par de años. Los miles de congresistas que tienen que pasar por Palma cada año serán un balsamo preciado para conseguir el equilibrio turístico entre el agobiante verano y el invierno en el que tenemos mucho margen para crecer.

 

Ahora solo queda que la ciudadanía empiece a mirar a este coloso con unos ojos menos críticos y más benignos.

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